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Club Taurino Italiano

Una atípica corrida de Miura cierra San Isidro sin trofeos

Madrid, 9 junio

Paco Aguado (EFE)

Una corrida de Miura baja de casta y con algún toro de juego sólo manejable -en contra del estereotipo histórico de esta legendaria ganadería- cerró hoy la feria de San Isidro en un festejo sin trofeos que sumar a la estadística definitiva.

 

 

FICHA DEL FESTEJO:

Cinco toros de Miura, desiguales de alzadas y volúmenes, pero todos en el tipo de la ganadería y con aparatosas cabezas. En conjunto, bajos de casta y a la defensiva aunque sin grandes complicaciones. Segundo y tercero ofrecieron más posibilidades. Y un sobrero, en quinto lugar, de Fidel San Román, terciado y también descastado, que sustituyó a uno de Miura devuelto por flojo.

Rafaelillo: tres pinchazos, media estocada y descabello (silencio tras aviso); estocada (silencio).

Javier Castaño: estocada desprendida y descabello (silencio); pinchazo, estocada y dos descabellos (silenci).

Serafín Marín: pinchazo y descabello (leve división tras aviso); pinchazo, bajonazo y descabello (silencio tras aviso).

La cuadrilla de Javier Castaño fue muy aplaudida en los dos toros. También hubo buenos pares de banderillas de José Mora.

Cartel de “no hay billetes” en las taquillas, en la trigésimo primera y última corrida de la feria.

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HISTORIA Y ACTUALIDAD

La corrida de Miura que cerró hoy el largo mes de toros en San Isidro no respondió, salvo en su presentación, a su imagen histórica. Con fama de animales fieros y duros, que cargan incluso en su leyenda con varias de las mayores tragedias del toreo, los “miuras” que salieron hoy al ruedo de Las Ventas ofrecieron un juego que nada tuvo que ver con tal estereotipo.

Sin que ninguno de los seis se empleara de verdad en varas, tres de ellos no hicieron más que dar cabezazos a capotes y muletas, con una actitud defensiva e insulsa, para intentar quitarse de delante, sin gran agresividad, unos objetos que más que incitarles les molestaban.

Alguno de ellos se defendió también por su falta de fuerzas, lo que en el caso del devuelto a los corrales fue en realidad una total invalidez.

Con todo, el público venteño, igual que el viernes sucedió con los “victorinos”, aplaudió los arrastres de la mayoría con una euforia para la que debió pesar más la etiqueta histórica de la vacada que la palpable realidad del encierro.

Pero dos toros se destacaron del resto: un segundo con casi seis años, flaco y alto como un jamelgo, y un tercero también vareado y cornalón, que, gracias a su movilidad o a su mayor entrega, sí que dieron algunos motivos para las ovaciones finales.

El segundo, cuya blanda pelea en el caballo -en tres entradas a las que acudió al paso- se jaleó con inexplicable euforia, se arrancó luego con un fuerte galope a la muleta de Javier Castaño, que lo lució con generosidad, en la primera serie de muletazos.

Pero ya nunca lo hizo más, porque desde ese momento, en que el público tomó definitivamente partido por el animal, fue decreciendo su empuje, punteando el engaño y acortando sus arrancadas, anque sin gran peligro.

El torero leonés le hizo un trasteo plagado de enganchones y sin capacidad resolutiva, al final del cual corrió por los tendidos una inaudita petición de vuelta al ruedo para el de Miura.

El tercero fue el único que sí se empleó realmente en sus embestidas, incluso con clase por el pitón izquierdo, por mucho que le faltara el fuelle suficiente para repetirlas con continuidad.

Este toro le tocó en suerte el catalán Serafín Marín, que le cuajó varias series de naturales de muy buen trazo, en los que fueron los mejores momentos de la corrida.

EL torero barcelonés llevó al de Miura muy enganchado y sometido al vuelo de su muleta, pero apenas fue valorado por un público que parece que sólo entiende ya las faenas de movimiento continuo.

El resto de la corrida, con tanto tornillazo defensivo de los “miuras” e incluso del sobrero de Fidel San Román, apenas tuvo historia.

Rafaelillo se manejó con su lote con aseo y sin grandes apreturas; Castaño se afligió con el reserva, con el que, nuevamente, la cuadrilla destacó por encima del matador; y Marín se estrelló con el último toro de la feria, que apenas duró lo que dura un ligero tercio de banderillas.

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