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Club Taurino Italiano

Honras festivas por el maestro Manzanares

 

Alicante, 24 jun. (COLPISA, Barquerito)

Una sobria, original y emotiva ceremonia que sirve de homenaje de la ciudad de Alicante. Y una corrida de Cuvillo de buena condición. Palco liberal: orejas a espuertas

5ª de la feria de Hogueras. Homenaje a José María Manzanares. Casi lleno. Dos horas y tres cuartos de función. Algo de viento, estival.

Cuatro toros en puntas de Núñez del Cuvillo jugados de segundo, tercero, quinto y sexto. Dos despuntados para rejones de Fermín Bohórquez corridos de primero y cuarto.

Enrique Ponce, dos orejas tras un aviso y vuelta tras aviso. José María Manzanares, dos orejas y dos orejas. El rejoneador Manuel Manzanares, silencio y dos orejas.

Un gran puyazo de Barroso al sexto. Brillantes en banderillas Curro Javier y Luis Blázquez.

 

LA CEREMONIA que rindió honras oficiales a la memoria de José María Manzanares fue de una sobriedad muy peculiar. Después del paseo, todas las cuadrillas sin excepción se alinearon delante del burladero de capotes y de espaldas a la barrera. Con ellos formó un grupo casi ingente de personas: los empresarios y apoderados, el personal de plaza al completo –areneros, mulilleros, monosabios, carpinteros, taquilleros, porteros… No menos de cien. Se abrieron para formar dos ángulos en los extremos. Por un portón del ruedo aparecieron el alcalde de Alicante, la reina –la Bellea- de las fiestas con dos de sus damas de honor y un mantenedor de las Hogueras con atuendo huertano. Se vinieron a unir a la densa comitiva y ocuparon lugar preferente. Cuando todos estuvieron debidamente formados –Simón Casas, como empresario y probablemente muñidor de la ceremonia, se encargó de que no faltara nadie-, se dio orden a la banda de música para tocar el Himno de Alicante –“¡Visca Alacant, visca Alacant!”- y a coro lo entonaron no menos de tres o cuatro mil asistentes. Al terminar el himno, rompió una ovación formidable, que iba por el Manzanares ausente. El difunto, inolvidable maestro. José Mari hijo no pudo contener las lágrimas de emoción.

 

(Foto: Enrique Ponce brindando a Pepe Manzanares y José Maria Manzanares en 2013)

 

Y ya no hubo más penas. Con dos Manzanares en el cartel: Manuel el rejoneador y José Mari, que reaparecía dos semanas después de un percance en Granada. El primer toro de la tarde, de Bohórquez, desmochadísimo, se descaderó tras el primer rejón de castigo, se derrumbó unas cuantas veces y, sin embargo, Manuel no perdió la paciencia. Solo que con el afán no bastó.

En seguida se embaló el festejo. Dos de los cuatro toros en puntas de Cuvillo sacaron muy buen son: el primero de Ponce, que acertó a templarlo y mimarlo en la media altura –fue toro frágil- y el sexto y último de la feria, con el que Manzanares se entregó en una faena algo retórica y ayuna de toreo con la zurda, pero de sobresalientes encaje y firmeza, ritmo bueno en las tandas y no tanto en las pausas, y, en fin, notable ambición. Tal vez porque pesara no poco y como una obligación la sombra invisible de su señor padre. Los cites en la distancia y su aguante –todo en los medios- fueron marca mayor del trabajo. Y una estocada contundente atacando entre rayas y en la suerte natural. Como si José Mari hubiera decidido renunciar a recibir toros con la espada. Ese sexto, el de más brío y poder de los cuatro cuvillos, se deslumbró a veces con las luces de focos, que se encendieron al soltarse el toro.

El bonito trabajo de Ponce con el segundo de corrida, castigado con un aviso antes de la igualada pero rematado de certera estocada, tuvo a veces notas de la cadencia clásica de Manzanares padre, que hizo escuela. Ponce brindó la muerte del toro al cielo –es decir, a la memoria del maestro- y luego se vino a una barrera de sombra para rebrindar a las dos hijas de Manzanares. Muy ovacionados los dos brindis.

El tercero de corrida fue, pese a moverse con prontitud, el menos ganoso de los cuvillos: escarbador, revoltoso, algo incierto. Fue Manzanares padre quien dio con el término de “informal” para catalogar esa clase de toros. De modo que, a su manera, el toro informal se sumó al homenaje. José Mari anduvo más entero que seguro con el toro, que tuvo ese punto desconcertante de la informalidad –rajarse o pretenderlo, volver contrario, dos acostones…-, enloqueció a la gente con un circular casi espiral y agarró una estocada inapelable.

El palco estaba por la fiesta sin reparar en gastos ni rigores. Como en un festival. Dos orejas a Ponce, dos a José Mari. Y después de larga y copiosa merienda, otras dos para Manuel, más o menos inspirado con el segundo de los dos de Bohórquez. Cuadra puesta y de porte excepcional. El Manzanares caballista es un gran jinete. Siempre quedará la duda de qué clase de torero de a pie habría podido llegar a ser. Los elegidos que lo han visto o vieron torear en el campo, contaban y no acababan.

Ponce recorrió mucha plaza con el quinto, pero le dio trato sedante y suave, muletazos empapados, apuntado a veces a la tendencia recurrente de la suerte descargada. Muchos paseos, muchas complicidades teatrales con los rendidos de antemano. Rácana la apuesta por la mano izquierda, por donde el toro estaba sumiso. Y el alarde final de las trenzas de cuclillas mal llamadas poncianas o ponceñas que cosen un circular cambiado con otro en la suerte natural, y hubo ración doble de trenza con miradas al tendido y el remate, ingenioso, de un molinete. No entró la espada, pero los capotes de brega convirtieron un pinchazo hondo en casi media. Un aviso, levantó el toro el puntillero y esta faena, de generosa entrega, cortó la racha y diluvio de orejas. Una vuelta al ruedo que alargó el festejo. Se empezó a temer que durara la cosa tres horas. Pero no.

 

 

Postdata para los íntimos:

La luz no sé si cegadora del dia de San Juan. El reflejo en las casas blanqueadas del casco antiguo. No se puede disfrutar de algunos encantos: la plaza de Gabriel Miró, o la barra del Nou Manolín, ni siquiera de la calle Mayor o la zona de Santa Faz y el Convento de la Sangre. Demasiado calor para subir a Santa Bárbara. Buenos puestos de libros frente al Ayuntamiento. Una historia del toreo en Alicante editado por la Diputación hace un cuarto de siglo. Ocho euros. Una ganga. Iba comprárselo de regalo de bodas a un exquisito aficionado de Turín. Pero no he podido. En el día de Manzanares habría que haber subido al tuétano de Santa Cruz. Treinta y dos grados cuesta arriba.

 

 

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